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Matices de mi tierra (Por Ezequiel Biotti)

Los Hermanos Arizmendi

Nacidos en Holt (Ibicuy), Provincia de Entre Ríos. En el año 1980 llegan a la localidad de Gowland, partido de Mercedes (B), a la Estancia “La Choza”. Hermanos que se llevan muy bien, pertenecen a una familia de músicos, fueron creciendo con la esencia del canto entrerriano.
En el mes de octubre del año 2009 deciden comenzar a tocar juntos, ellos son: Cristian Guillermo y “Pichón”. Se debe aclarar que cuando comenzaron, los 3 hermanos tenían un bajista (Pablo Rodas), también entrerriano, de Mazzaruca (Ibicuy) que los pudo acompañar en varias presentaciones, incluso ha grabado con ellos, pero se ha ido por tiempo indeterminado, por eso en la actualidad, la función que cumple cada uno es la siguiente: Cristian (Acordeón y voz), Guillermo (Bajo) y “Pichón” (Guitarra, voz y Sapucai).
De a poco se han ido arrimando a diferentes peñas (en muchas oportunidades con fines solidarios) realizadas en clubes y escuelas de Mercedes y la zona para ofrecer su repertorio, comenzando a tener muy buena respuesta por parte del público de distintas edades que no se puede resistir para bailar algún chamamé o chamarrita. Se manejan muy bien en el escenario, animando, motivando a la gente para que participe hasta en el sapucai.
Se trata de un conjunto que tiene pocos almanaques recorridos, pero que ha logrado mucho, por mostrar respeto en las interpretaciones; “Los Hermanos Arizmendi” mantienen la esencia tradicional.
Han sido ovacionados en la Fiesta Nacional del Salame Quintero y en la Fiesta Nacional del Durazno, ambas en Mercedes (B).
Con gran éxito se los pudo escuchar en el festival Pre-Federal, en General Rodríguez (B), donde salieron Segunda Revelación, en diciembre de 2010.
Las fiestas del pueblo en Azcuénaga y la del Hornero en Cucullú (San Andrés de Giles) también han contado con ellos.
Su lugar natal Holt (Ibicuy) los recibió en el 2010 en una importante fiesta criolla.
Más de 3000 personas los acompañaron y disfrutaron su música en la Feria de Mataderos.
Siempre siguiendo la huella musical con gran dedicación, haciendo amigos encaminados en el quehacer nativo, como la escuela de Danzas Raíces Mercedinas que realizó el contacto para que estos hermanos puedan participar en la película “El Campo” (Ópera Prima), dirigida por Hernán Belón, protagonizada por Dolores Fonzi y Leonardo Sbaraglia, en unos de los pasajes rodados en un galpón en el Cuartel XII, interpretaron “Sobredosis de Chamamé”, letra y música de Aldy Balestra.
Cuentan con un trabajo discográfico titulado “A nuestro Estilo” el cual tiene 11 temas, : “La llorona” (Motivo Popular – Recopilación: Ángel Guardia), “Por senderos de la vida” (Carlos Urich/Miguel Figueroa), “Amanecer Argentino” (Vega/T. Ros/Pérez), “Curuzú Cuatiá” (G. de la Vega/T. Ros), Encanchados:“Pensaba” (M. Merlo) y “El Toro” (Cambá Castillo/Pedro Sánchez), “Ladrillo Bayo” (M. I. Fernández/C. González/F. Lugo Fernández), “Ajhá Potama” (Fernández Ruda), “El Arisco” (Abelardo Dimotta), “Chamarrita Entrerriana” (T. Ros), “Estrella Fugaz” (D. R), “Enganchados” (Varios autores y compositores).
Al igual que en el disco compacto, en sus presentaciones, se manejan con un repertorio muy original, obras de antaño como “El conseguidor”, “A Villa Guillermina” y clásicos como “Kilómetro 11”, etc.
Tienen una obra propia, se trata de un Chamamé instrumental al que todavía no le han dado nombre, a este lo suelen interpretar cuando son convocados a peñas de la zona rural.

La leyenda de Bragado

En la ambigua frontera entre la realidad y la ficción, nació la Leyenda del Potro Bragado que dio nombre a la ciudad.
Su origen se remonta al siglo XVIII. Por aquel entonces, junto a la gran laguna, iba a beber a sus aguas un potro salvaje, increíblemente bello y desafiante, con sus crines al viento y su vistoso pelaje. Tenía una braga de color blanco en el vientre.
Los soldados que se atrevían a explorar el “desierto” deseaban poseerlo y también los indios que tenían su asentamiento en el lugar. Se cuenta que fueron muchos los intentos, pero el potro era bravo y defendía valientemente su libertad.
Un día un grupo de lugareños lo acorraló junto al margen de la laguna, en una barranca y, cuando ya estaban seguros de hacerlo prisionero, el potro se precipitó desde lo alto prefiriendo morir antes que verse cautivo.
Su actitud libertaria sorprendió tanto a todos que, desde entonces, la historia rodó por el tiempo y bautizó la ciudad.
El caballo Bragado fue un potro con destino de abismo pero con sueños de libertad y está eternizado en el escudo oficial que identifica al Municipio.

El saludo hipócrita de un pueblo que no deja de serlo

¿Somos simpáticos o hipócritas los mercedinos…? ¿Por qué nos saludamos tanto? ¿Nos queremos tanto? Unos parecemos peones de vialidad y otros Palermo en el área, dele cabecear. -¡Feliz daño nuevo!… ¿Escuché bien? Paremos con el pesimismo y la mala vibra ¡Feliz año nuevo!… Te cruzas con alguien y te dice –Que tengas el año que te mereces! Y vos pensás ¿Qué año querrá este que yo me merezca? Miro como actúo, observo como actuamos y suelo avergonzarme. Está bueno eso de conocernos todos, pero… tampoco la pavada. Somos pocos y nos conocemos mucho. Sabemos quién es quién y ya aprendimos que muchos comentarios de desgracia ajena están más cerca de ser una expresión de deseo que de una verdad objetiva: – ¡Viste parece que Carlitos lo raja!… Después, nunca se cumplirá el presagio.
Aprendí que, como decía Facundo Cabral, el hombre le hace caricias al caballo para montarlo. Y acá en Mercedes si te soban el lomo un poco es porque, como dijo Diego, la tenés adentro o estás en vías de tenerla. Sé que si alguien habla mal de vos, en el 80% de los casos es porque algo te hizo y lava su culpa de ese modo, o se cubre bajándote los cueros. Un amigo me dijo –“Desde que me enteré quienes son los que hablan mal de mí, empecé a desconfiar más del que critica a otro que del mismísimo criticado”.
La fama acá es puro cuento. La inmensa mayoría de los medios, tal vez por no caer en el roce, califican de importante casi todo y por falta de estilo publican todo y cómo se lo llevan. Muchos sabemos y conocemos de aquellos que escriben gacetillas sobre ellos mismos y terminan institucionalizados como grandes pilares de tal o cual cosa. Total, según dijo el último censo, la verdad y la objetividad no viven acá. Hay una frase famosa, por un robo resonante en la ciudad:-“Tomaba café con los ladrones.” Acá saludamos y nos sentamos a tomar cerveza con los que nos clavan los puñales. He visto por televisión mi programa y no estoy y no he dicho nada. He visto el éxito de mi fiesta y no fui invitado. ¿Será un signo de que no soy tan mediocre o de que no soy un hipócrita? Sé que cuando me lo pregunto empiezo a serlo un poco aunque sé que si me callo soy un boludo. Otro amigo me dijo: -“Acá no hay término medio, o sos un boludo o sos un hijo de…”
Conozco a tipos con grandes condiciones que son ignorados, (ninguneados se le dice ahora) personas con grandes capacidades que no sólo se las ignora sino que además se las descalifica. Todo por aquello de nivelar para abajo así el agua (sic) no les llega al cuello. Mi amigo Toti Potes acunó dos frases que repetía por los 80, la primera de Lendino, director del desaparecido Diario El Orden: “Lo único que adelanta es el atraso.” Y la otra, era una ironía del poeta y ex Intendente Juan José Marín:-“ Amo a este pueblo mío!” Si bien hoy hay un evidente atisbo de avance en la ciudad, impulsado por el contexto nacional y regional, me cuesta entender cómo algunas personas están donde están y otros no están en la más mínima consideración ¿Será por aquello de Discepolo?:”Da lo mismo que sea cura, colchonero, Rey de basto, caradura o polizón” En fin, no es pesimismo esto, es un poco de verdad y de aire fresco. En definitiva reflexiono porque me propongo no criticar este año, aunque me sobren argumentos como para escribir el libro de la selva. Si no se me salta el coágulo y al manso no le sacan el loco que todos llevamos dentro y la plebe del rey deja de subestimarme me portaré como un verdadero Mercedino, y adentro dormirá un Bragado (*).
(*)Leer pág.19 Historias que nos hacen bien.
Les dejo mi tarjeta: ¡Por un año menos careta y porque los conductores de radio y tele no crean que son más necesarios que un cirujano! Buen año para todos los que lo merecen y para los que no, que los ayude Dios a jodernos menos.

Talín Dufourquet, el que prendió la tele en Mercedes

Fue por la radio de A.M y compró un sueño del que aún no despiertan muchos. Fue tozudo y junto a otros 8 mercedinos concretaron una empresa que fue de las pioneras en el país y con la cual dieron trabajo en tiempos difíciles. La t.v local cumplió en abril sus bodas de plata. Fernando Luna lo entrevista  y él nos cuenta aquella proeza. 

 Sos el gran referente de los locutores de hoy y el que le abriste la puerta a la televisión local

 Bueno, muy halagado por tus palabras que provienen de un cariño muy especial, más que de otra cosa.

Eso es cierto, pero lo otro también es justo, lo que digo es real.

Hablar de la televisión hoy parece redundante porque mucho se ha hablado, mucho se ha dicho, mucho se ha escrito.

Sí, pero mucho también se desconoce, porque lo que digo está cimentado en la realidad, en la historia. Yo quisiera contarle a la gente y a uno mismo, repasar episodios, que tuvieron incidencia, en definitiva, no sólo con este presente sino también con el futuro de la comunicación local. Los medios se han transformado hoy en moneda corriente y le han abierto la puerta al trabajo. En Mercedes hay mucha gente que está trabajando en los medios, estamos hablando de 200 o 300 personas que están en la actividad, pero ¿cómo nace esto de la televisión?

Nace como nacen todas las cosas, como un sueño, como una visión; una mirada que después cambió de rumbo, porque en principio todo empezó cuando un día tomando un café con Oscar Pozzi y Miguel Rossi, nos pusimos la idea en la cabeza de poner una radio de AM. Esa fue la idea original y comenzamos a incursionar en distintas tratativas para ver si se podía concretar. Hasta que casualmente me encuentro un buen día en el banco Provincia con el Dr. San Pedro, y me pregunta, en qué andás?, y le cuento; no sé por qué pero le comenté la idea. Y me dice que él tuvo como compañero de promoción a un capitán de navío (no recuerdo ahora su nombre), que es el Director General de Radiodifusión. Y me dio una tarjeta y al día siguiente estaba sentado en el escritorio de este señor.

Bueno, le expuse la idea, a lo que me contestó que no había forma de concretarla en Mercedes ya que llegaban todas las radios de AM.

¿En qué año era eso, Talín?

… Y año 82 más o menos. Y bueno, yo me quedé con una desilusión bárbara, porque había llegado hasta ahí y me tenía que volver con las manos vacías…además iba cargado de sueños. Y me debe haber visto tal cara de desesperado el hombre que me propuso poner un canal de televisión. A lo que por supuesto respondí que no, era como si yo fuera a comprar un terrenito en Berazategui y  me estuvieran ofreciendo uno Plaza de Mayo. Además le expliqué que no teníamos capital suficiente. El hombre insistía y sostenía que además de no ser caro, él tenía gente amiga que andaba en el tema de equipamientos, y que los fuera a ver. Le agradecí diciéndole que hasta ahí habíamos llegado pero que más no podíamos avanzar. Me despedí y me fui.

A la semana aproximadamente, de este episodio, un domingo estaba yo en casa y tocan timbre, tres Sres. de portafolio, yo creí que eran testigos de Jehová (ríen los dos); se presentan aduciendo pertenecer a una firma de Córdoba, diciendo que realizaban instalaciones de canales de cables y que los había mandado el “capitán”, y que venían especialmente a verme a mí. Yo les expliqué que no tenía problemas en atenderlos por cortesía, pero que no había ninguna posibilidad.

Hay que ubicarse en el contexto, no había antecedentes.

Claro. Fuimos hasta el Club Mercedes, tomamos un café y me dieron todo un panorama general del funcionamiento y unos precios, que por supuesto no estaban dentro de lo imaginado. De todas formas quedamos en contactarnos si existía la posibilidad de conseguir fondos. Y seguimos manteniendo el sueño pero sin muchas posibilidades. Al tiempo me encuentro con un pariente, Chamaco Coaraza –hoy fallecido- y le comento, le pareció muy buena la idea y sugirió armar una sociedad. Armamos 3 sociedades, la tercera ya estaba lista para empezar y dos de los socios retiraron el dinero porque tenían otro negocio. Era la época de la hiperinflación así que era imposible que alguien pusiera plata ya que era una inversión a largo plazo.

Al poco tiempo un amigo del Club de Leones me comenta que había alguien en Azul que estaba poniendo un canal de cable. Así que le digo a Miguel Rossi ¿Por qué no vamos hasta azul a ver que están haciendo? Bueno fuimos con Miguel. Allá encontramos a la persona, era un hombre que tenía dificultad en una pierna, era un tipo rengo… petiso. Estaba él mismo subido a una escalera tirando cables, lo encontramos en la esquina de la  plaza. El hombre fue con nosotros amplio…muy generoso, nos brindó todo, absolutamente todo lo que tenía y lo que no tenía, nos dio todo tipo de información. Eso nos entusiasmó. Él era como nosotros, un poco seco o más que seco era crocante. (ríen ambos)

Volvimos a Mercedes con gran entusiasmo. Finalmente se concretó lo de la empresa y salimos a comprar elementos a la gente de Córdoba. Así comenzamos primero con lo que se llama la frecuencia comunitaria, es decir que el canal no existía ni estaba en la mira de nosotros, era simplemente el cable para emitir las emisiones que se recibían desde los canales abiertos de la Capital. Y anduvo muy bien, la verdad que mejoraba tremendamente la imagen pero contábamos con otro problema.

¿Cuál…?

 Le preguntabas a la gente ¿Vos cómo ves televisión? Y te decían – Yo bárbaro, los días de lluvia nomás se me cae un poco la señal.

Pero en ese entonces, pasaba un auto e interfería.

Sí, pero lo que impulsó definitivamente, aunque parezca una casualidad, fue que en la esquina de 29 y 18 estaba Prepac, que fabricaba los sachet de leche para La Serenísima,  con unas máquinas que generaban una gran la interferencia en la señal de televisión. Yo vivía en la misma manzana y cuando prendían las máquinas, que requerían una cantidad infernal de voltios, era como que pasaban cien autos por la puerta de tu casa y se hacía imposible ver televisión. Esto no solo en la manzana de mi casa, en cincuenta manzanas a la redonda. Prepac aunque no nos daban solución, la verdad que se preocupaban, a tal punto que trajeron a unos ingenieros de Alemania que estaban por otras cuestiones en capital. Analizaron el espectro y no encontraban solución,  incluso estuvieron en mi casa viendo la cuestión de las interferencias y me dijeron: Mire, la verdad que no encontramos como resolver el inconveniente y pensamos que la única solución que vemos era hacer un circuito cerrado de televisión.

¡Otra vez la televisión te golpeaba la puerta!

Exacto. En fin, después de muchos sacrificios y muchas circunstancias dolorosas, por socios que como venían se iban y, bueno, distintas situaciones que afectaban la cosa pero que en definitiva nos hacían hacer más fuertes. Pudimos salir adelante.

Ah, te cuento que acordado con Oscar Pozzi, que se retiró para seguir con el proyecto de radio, que quedabamos en el compromiso que si cualquiera de las dos cosas se concretaban íbamos a llamarnos para estar juntos. Así fue que nosotros arrancamos con la televisión –la radio nunca pudo concretarse- y arrancamos con el sistema de antena comunitaria y después con el canal.

 ¿Y quiénes conformaron la sociedad inicial?

Rosendo Rubiero, Justo Toto Condese y su hermano, el Ingeniero Curatella, Mario Spinelli, el Dr. Rivera, Rubén Del Giudice, Miguel Rossi y yo. Después se fueron retirando algunos.

Así se plasmó el primer paso para abrirle la puerta a la televisión local que este año cumplió 25 años. Ya te convocaremos para hablar de eso específicamente.

Eso es un capítulo aparte.

 

 

Matices de mi tierra-Jorge Gauna (Payador) (Por Ezequiel Biotti)

 Nació en Salto, provincia de Buenos Aires, radicado en Mercedes (B) desde hace 35 años. Su infancia la pasó en Berdier, un pequeño pueblo de su pago natal donde fue aprendiendo a querer la zona rural, su gente y al caballo, compañero infaltable para sus trabajos de boyero.

Escuchaba por aquel entonces en la radio a los cantores criollos, esos que sin duda fueron encendiendo en él su amor por el canto.

Corría el año 1964 cuando motivado por su vocación llega a Buenos Aires, allí estudió guitarra por cifrado con el maestro Eduardo Netri.

Debemos tener en cuenta que antes del canto criollo y la payada, cantaba tangos con acompañamiento de guitarras, documentos fotográficos lo muestran a Jorge junto a Elsa Rivas y Raúl Cobián el 21 de abril de 1968 entre tantos otros testimonios.

En esa época se lo podía escuchar cantando “El Clavelito”, “Que nadie sepa mi sufrir”, obras de Ángel Cabral y los tangos más conocidos de Homero Manzi.

Quiso el destino que se encontrara en la huella con Roberto Ayrala (Payador SanPedrino) que al escucharlo improvisar le brindó todo su apoyo y consejos para rumbear por el camino del arte payadoril.

El inolvidable Miguel Franco en su programa “Un alto en la Huella” lo lanzó como payador, además participaba en los diferentes festivales criollos y peñas del reconocido locutor.

Siguiendo el rumbo, ha participado en el año 1968 de los programas del periodista Horacio Alberto Agñese en “Folklore 870”. (Radio Nacional).

También en sus comienzos con el canto improvisado ha sido fundador con el payador uruguayo Waldemar Lagos de “El Rincón de los payadores”, programa radial de gran éxito.

En el año 1972 forma parte del elenco en la peña del señor del verso criollo Fernando Ochoa con las presentaciones del locutor Luis Rodríguez Armesto.

Compartiendo giras con varios payadores, en argentina y también hermanando el canto Rioplatense, presentádose en mas de una oportunidad en la Republica Oriental del Uruguay, en El Prado (Montevideo). Y viajando junto a su gran amigo Horacio Guarany (muy seguidor de los payadores), actuando en diferentes escenarios.

En 1975 formaba parte de “Todo Argentino”, conducido por Diego Rigal en canal 7 donde intervenía en payadas que resaltaban los temas que la gente quería escuchar.

Entre tantos recuerdos imborrables de su trayectoria, se destacan sus actuaciones en el Atelier de Juan Lamela (Pintor costumbrista) donde le llegó a improvisar a  Benito Quinquela Martín lográndolo emocionar.

En el año 1978 publica su libro titulado DESTINO LABRIEGO en el cual se destacan sus primeros versos. El Prologo a cargo del uruguayo Waldemar Lagos.

Creador de diferentes obras que forman parte del cancionero surero, como: “Tras de tu huella”(Huella) “Campeando” (Milonga), “Plegaria y lluvia” (Cifra), “Para mis cosas” (Estilo), etc. También se destaca por ser un excelente intérprete de grandes autores como el gran Wenceslao Varela.

Existen muchos registros donde participa en payadas junto a colegas de la talla del Indio Juan Carlos Bares, Carlos Molina, Aramis Arellano, mostrando su gran condición de payador, tratando diversos temas.

Artista solidario con instituciones, entidades de bien publico, colaborando, ofreciendo sus actuaciones.

Es de resaltar su apoyo y consejos a los jóvenes payadores que comienzan a recorrer los caminos de tan maravilloso arte, asesorándolos, compartiendo payadas con ellos y diferentes interpretaciones.

Hasta no hace mucho realizaba encuentros en “El Fogón del Payador”, donde invitaba cantores, conjuntos, recitadores criollos, payadores, allí se podían escuchar aquellos que mantienen la esencia tradicional.

Fue el 22 de agosto de 2006, en el Día mundial del Folklore y del Folklore Argentino cuando la UNESCO lo distingue por cumplir 40 años de payador, entregándole el Diploma de Honor.

Incansable artista que realiza actuaciones desde el año 1964 hasta la actualidad y con varios trabajos discográficos, entre otros: “La vuelta del Payador”, “Los Payadores ayer y hoy Testimonios” y su ultima placa titulada “Dos Banderas y un Destino” donde ha grabado junto al payador uruguayo Saturno Santana.

 

 

 

 

Disculpe, ¿me dice dónde hay un quiosco? Hernán Casciari

Una familia ecuatoriana, marroquí, boliviana, rumana o peruana, cuando descubre que lo ha perdido todo, compra un pasaje de oferta y viaja a España para seguir siendo pobre en otro país. Una familia argentina, en cambio, antes de sucumbir económicamente, antes de caer en lo más bajo y hediondo de la indigencia, hace un último esfuerzo y pone un quiosco en su propio barrio. Lo último que hace un argentino antes de bajar los brazos no es buscar nuevos horizontes, sino endeudarse con un proveedor de golosinas.Por ese motivo, y no por otro, en España no hay argentinos pobres. Quiero decir, no hay argentinos pidiendo monedas por las calles de Madrid, ni latinkings rosarinos en Barcelona, ni mafias porteñas, ni familias mendocinas que mandan a sus hijos a robar teléfonos, ni mendigos bandoneonistas, ni prostitutas de veinte euros que se llamen Carolina o Daniela. Hay pobres de casi todas las razas y colores, pero no argentinos. La razón es sencilla: los pobres de Argentina no emigran, mueren quiosqueros en sus propias casas, mueren alimentándose con golosinas caducadas y sin conocer el mundo

En otros países se usa más el suicidio, el exilio, el alcoholismo o la degradación personal. Los argentinos tenemos un sistema un poco más extraño de asimilar el fracaso. Abrimos la ventana que da a la calle (en general la habitación del abuelo muerto), ocultamos la cama y la mesa de luz, llenamos el ropero de galletitas, alfajores y cigarrillos Jockey Club, y nos jugamos la última ficha a la mínima expresión del microemprendimiento: el quiosco propio.Es una jugada extraña, porque lo que menos hace falta en Argentina son quioscos (hay uno cada ventisiete metros). Pero sin embargo siempre alguien supone que poniendo otro más no pasará nada malo. Algunos pocos están bien provistos, pero la mayoría son quioscos tan escasos como la creatividad de sus dueños, y solamente te ofrecen veinte o treinta cosas inútiles (en un buen quiosco debe haber, como mínimo, más de doscientas cosas inútiles). Y entonces ocurre que la frase que más utiliza un quiosquero novato es “de eso no tengo, pero me están por traer”.

Más de la mitad de los argentinos ha sido dueño alguna vez de un quiosco. Y el 98% de la población tiene un amigo que trabajó en uno. El quiosco forma parte de la vida diaria de los argentinos, mucho más de lo que nosotros mismos imaginamos mientras vivimos allí. Solamente nos damos cuenta de la importancia de los quioscos el día que emigramos y desaparecen de nuestra vista.A España sólo se muda la clase media argentina: el joven profesional, el futbolista incipiente, el cantante malo pero honrado, el psicólogo mentiroso, el publicista sensible y también su novia, la modelo descerebrada. Pero el argentino pobre se queda en casa. Y la verdad es que esta tendencia nos está matando. A nosotros, digo: a los argentinos de clase media que vivimos en España, la ausencia de quioscos nos está dejando un vacío en el alma y otro, de dimensiones similares, en el estómago.

Como es por todos sabido, los argentinos no entramos a los quioscos por necesidad alimenticia, sino por angustia oral. Según un estudio, el ser humano que camina tranquilamente por la calle piensa en sexo cada ocho segundos. Los argentinos también, pero usamos los siete segundos restantes para fantasear con cosas rellenas de dulce de leche. Nuestro ritmo mental se comporta con esta cadencia:

—…teta, cabsha, fantoche, shot, cubanito, concha, jorgito, milka, tubbi tres, tubbi cuatro, culo, aero blanco, minitorta de águila, teta, cabsha, fantoche triple —y vuelta a empezar.

Cuando un argentino pisa España por primera vez y recorre los bulevares sin rumbo fijo, descubre a los quince minutos que algo va mal, muy mal en su paseo, pero no atina a descubrir qué es. Es como caminar por las calles de un mundo paralelo, casi idéntico, pero con siete errores. ¿Qué es lo que me pasa—se pregunta el argentino—, por qué me vienen estas ganas de llorar? Al rato, descolocado su aparato digestivo, el recién llegado descubre el fallo: ha andado más de veinte minutos por una avenida y no se ha topado con ningún quiosco.

Por lo general, la primera conversación entre un argentino recién llegado y un español es la siguiente:

—Disculpe, ¿me dice dónde hay un quiosco?

—¿De periódicos? —pregunta el español.

—No, no. De cigarros, biromes, chocolatines, hilo de coser, alfajores, tarjetas de teléfono, cinta scotch, libros, tornillos, hojas cánson, planisferios, revistas, pelotas de rugby, linternas, ginebra bols, desodorante, helados, alcohol fino, café, panchos con savora y desinfectante para matar sapos.

El español indica como puede:

—Vamos a ver —dice—. Los cigarros los encuentra en el estanco, el hilo en la tienda, los libros en los supermercados, el helado en la heladería, la comida rápida en un burger, los tornillos y la linterna en la ferretería, las hojas y el mapa en la papelería, la revista en el odontólogo, el alcohol en los bares, las pelotas de rugby en Francia, y lo demás no tengo ni pajolera idea porque no existe.

—¿Y los alfajores?

—De eso por aquí no hay.

—¿Y entonces qué comen ustedes cuando van por la calle?

—Generalmente cosas con atún o con chorizo.

—¿Y dónde compran eso?

—En la panadería.

El quiosco es una de las costumbres argentinas más difíciles de explicar a un español. Es posible que te escuche con atención y más tarde te diga “ya, ya, entiendo”, pero en realidad sigue en blanco. Sólo se hace una idea fugaz, pero no puede ir muy lejos con la idea. Su estructura moral no concibe que en un solo sitio se puedan conseguir todas las cosas del mundo, a cualquier hora del día o de la noche. El español medio no comprende el concepto de síntesis, ni la urgencia de tener un antojo a las tres de la mañana.

Hay otras muchas costumbres argentinas que el español no comprende: el peronismo, por ejemplo; la televisión por cable, la palabra “prolijo”, el relato radiofónico de fútbol en donde el locutor entienda de fútbol, la ironía publicitaria, la autocrítica, el cine subtitulado, etcétera. Son todas nebulosas difusas en el cerebro ibérico. Pero la ausencia del concepto ‘quiosco’ es, de todas sus taras, la más grave.

El día que el español conozca las ventajas de los quioscos es posible que se convierta en una raza entretenida. En vez de gastarse las monedas en las tragaperras y las horas muertas en los bares, comería más alfajores y descubriría que nadie puede ser dichoso en un país en el que al chocolate duro lo rellenan con chocolate blando.

Es hora de que los argentinos pobres de Argentina descubran que hay que instalar los quioscos aquí, en España, donde de verdad hacen muchísima falta, y no en el propio barrio, donde ya el nicho está saturado y en caída libre.

Somos miles y miles los argentinos que, en España, no sabemos qué hacer cuando caminamos por la calle. Vamos en ayunas a los trabajos, no tenemos envoltorios que tirar en la vereda, hace años que no nos robamos un encendedor del estante de abajo, lustros enteros sin leer el horóscopo del bazooka. Y lo que es peor: estamos a punto de olvidar el olor de la bananita dolca, que es peor que olvidar el rostro de nuestras madres.Necesitamos de la pobreza de nuestros hermanos en desgracia, queremos volver a sentir el suave cosquilleo del sobreprecio de las cosas. Estamos dispuestos a consentir que nos den mal el cambio, queremos abrir nosotros mismos la heladerita de los conogoles y congelarnos los dedos. Queremos los bonobon derretidos del verano y los guaymallenes de fruta que nadie quiere. Queremos esos sánguches espantosos que vienen adentro de un plástico. ¡Queremos quioscos!

Argentinos pobres: hay un mercado enloquecido que está pidiendo a gritos un quiosquero en cada cuadra de España. Somos capaces de subalquilar nuestras propias ventanas que dan a la calle, y de pintar a mano para ustedes un cartel que diga ‘kiosko’, las dos veces con k, con tal de que se incorporen a nuestras vidas europeas y nos llenen las manos de sugus, aunque sean todos de menta. No nos importa que bauticen a sus quioscos con la primera sílaba del nombre de sus tres hijos menores. Es más, echamos de menos esos nombres espantosos.

¡Aquí! ¡Aquí, en la madre patria, es donde estamos ansiosos y vírgenes de quioscos! ¡No allá, que hay muchos, sino aquí! Necesitamos hombres tristes, esposas despeinadas, adolescentes drogados y abuelos paralíticos que, con cara de hastío y de muerte en vida, nos vendan un paquete de cerealitas a través de una ventana.

Los estamos esperando, hermanos pobres; con los brazos abiertos, la sonrisa en la boca y los puños llenos de monedas de cinco, de diez y de veinticinco.

 

 

Recuerdos de una ciudad por César Mariela

LA HERENCIA DE LOS UNZUÉ 

Don Saturnino E. Unzué, dueño de la estancia “San Jacinto” falleció en 1886 a los 56 años víctima de una diabetes descuidada. Le dejó a su hijo Saturnino J una fortuna de 10 millones de pesos fuertes. La misma era producto del mayor número de cabezas de ganado del mundo, criados bajo su vigilancia en las 200 leguas de campo de la Estancia San Jacinto con casco y palacio (réplica del de Versalles) en nuestro partido de Mercedes (b), más  tierras de Entre Ríos, compradas a la sucesión del General Urquiza.

A Unzué se lo conocía en los principales centros de negocios europeos, donde compraba a las mejores cabañas inglesas y francesas los reproductores para la suya a los más altos precios.

 Saturnino J Unzué fue, junto a su esposa Inés Dorrego, benefactor de Mercedes y colaboró en la finalización de la obra de Nuestra Basílica Catedral, la que había quedado por mucho tiempo interrumpida por faltas de fondos. Los restos de Doña Inés y Don Saturnino J Unzué descansan en el recinto sagrado del subsuelo de la Basílica de Nuestra Señora de las Mercedes.

 

JOSÉ MARIA GATICA- “Un odio que no conviene olvidar”

A 48 años (10-11-63) de la muerte de uno de los mayores ídolos que dio el boxeo Argentino. En RV Revista Vida lo queremos recordar para reflexionar sobre nosotros mismos. Para mirarnos por dentro como individuos y como sociedad. Para mirar a esta Argentina que fue y que hoy tiene atisbos de alejarse de aquella capaz de fagocitarse a los mismos que adoró hasta el paroxismo. A los que  aduló según cotizaron en la feria de la vida. Lo haremos desde una pluma sublime como la del gran Osvaldo Soriano quien sobre “el tigre” escribió:

 

    “No me dejés solo, hermano”. Tirado en el pavimento, el cuerpo sacudido por los espasmos, Gatica se aferraba al pedazo de vida que se le iba. Lo rodeaba una multitud de extraños que lo habían visto caer bajo las ruedas de un colectivo, a la salida de la cancha de Independiente. Pocos ojos entre los que miraban a esa piltrafa cercana a la muerte habrán reconocido el cuerpo de José María Gatica.

    Tenía 38 años y parecía un viejo. Hasta ese día en que la borrachera no le dejó hacer pie en el estribo del ómnibus, había sobrevivido en una villa miseria como tantos otros; algún rasgo lo distinguía: la nariz aplastada, la sonrisa provocadora, un cierto desdén por el futuro. Era uno de esos hombres obligados a soñar con el pasado, porque el suyo estaba teñido de sangre y ovaciones.

    El 7 de diciembre de 1945 subió por primera vez a un ring como semifondista profesional. Esa noche, su triunfo por nocaut en la primera vuelta frente a Leopoldo Mayorano no puso al público de pie, ni lo irritó. Comenzaba su carrera un hombre de rabia larga, de ambición fresca.

    Había sufrido la violencia desde su nacimiento, en Villa Mercedes, San Luis, el 25 de Mayo de 1925. A los siete años llegó a Buenos Aires en un tren de carga, con su madre y un hermano mayor.

    A los diez había ganado un lugar en Plaza Constitución, donde lustró miles de zapatos. De rodillas, miraba desde abajo la cara de la gente, pero hasta ese privilegio tuvo que defender a golpes frente a competidores tan desesperados como él. Un peluquero que vivía por allí lo vio pelear varias veces y quedó impresionado por su agresividad. Era Lázaro Koczi, un hombre relacionado con el boxeo profesional. Pronto le propuso cambiar de oficio.

    The Sailor’s Home era la casa de la misión inglesa para marineros. Estaba en Paseo Colón y San Juan, un barrio con tradición de compadritos. Allí paraban los hombres que habían perdido sus barcos en los extravíos de una borrachera, los desertores, los enfermos, los malandras sin cuchillo. Todo se resolvía a puñetazos. Un hombre de agallas podía ganarse allí veinte pesos si era capaz de vencer en tres rounds al marinero más fuerte.

    Lázaro Koczi apareció una noche con Gatica, le mostró el ring y le habló de los veinte pesos. El lustrabotas subió. Se sabe que ganó varias peleas, que agachó a corpulentos marineros y luego dejó su parada de Constitución. Había ganado el derecho a más.

    El 7 de diciembre de 1945 –ese año singular en la historia argentina– debutó en el Luna Park. Sus ojos verdes habrán visto la multitud con el brillo del desafío. Bastó un golpe para que Mayorano, su rival, fuera a la lona. En poco tiempo ganaba dos peleas más y los empresarios pusieron sus ojos en él. Al año siguiente ganó las siete peleas que hizo, una de ellas con Alfredo Prada, quien sería su más rival encarnizado.

    Por entonces el público se había dividido: el ring-side abucheada a Gatica, quería verlo en el piso; la popular rugía alentando a ese morocho que miraba con odio a sus rivales y cuando los tenía a sus pies levantaba los brazos tan abiertos como para abrazar al mundo. Los apodos de la tribuna eran diversos, según de dónde provenían: Tigre, para la popular, Mono para el ring-side. A los periodistas le gustaba más Mono y así lo recuerdan aún.

    Mientras duró su grandeza tuvo un rival irreconciliable sobre el ring: Alfredo Prada. Ya se habían enfrentado antes, cuando no suponían que la vida los iba a unir en el triunfo y el fracaso. Combatieron seis veces y ganó tres cada uno. La última pelea, en 1953, significó la derrota de Gatica y el comienzo de su patética decadencia. Los enfrentamientos entre Gatica y Prada dividieron al público como nunca; se estaba con Gatica o contra él. Prada era campeón argentino, una satisfacción que el Mono nunca alcanzó. Cuando el pleito terminó, las carreras de ambos llegaban al ocaso. Prada dejó el boxeo con algún dinero en el banco. Afrontó la vida como un ciudadano recompensado. El Mono volvió a su origen, como si toda su pelea con la vida hubiera sido una parábola restallante, una explosión de luces que lo iluminaron hasta, de pronto, dejarlo nuevamente en la oscuridad.

    Volvió a una villa miseria. Vivió de la caridad junto a su segunda mujer y dos hijas. Fue una fiesta para los periodistas encontrarlo sentado a la puerta de su casilla de latas, tomando mate, sucio y harapiento.

    Entonces Prada tuvo un gesto que los diarios elogiaron: abrió un restaurante

     en la calle Paraná y llevó al Mono con él. Le pagó quince mil pesos por mes y lo puso en la puerta del negocio para exhibirlo. El gesto compasivo de Prada era otra humillación que Gatica soportó porque no podía sino aceptar su derrota.

    

    Había vivido como un esclavo y pocos le perdonaron su grotesca revancha: como un Robin Hood de barrio, iba con los suyos –los lustradores– y les destrozaba los cajones a patadas a cambio de billetes de mil. Pagaba con una fragata los diarios que quitaba a las viejas que rodeaban el Luna Park. Unos pocos lo miraban con respeto, otros ser reían de él.

    Desde que Alfredo Prada lo venció en 1953, en la última pelea, no dejó de caer. Siguió tres años más, pero estaba acabado como boxeador. Como hombre le faltaba recorrer la pendiente más dura: el desprecio, el odio, el revanchismo de las buenas conciencias.

    Era, para ellas, un analfabeto despreciable, un “lumpen”. Perdió todo lo que tenía pero jamás se lamentó. Fue noticia para los diarios el día que una inundación se llevó lo poco que le quedaba. Entonces, fue fotografiado en camiseta, lleno de mugre y mereció crónicas colmadas de aleccionadora compasión. Curiosamente, el Mono sonreía.

    Adhirió fervorosamente al peronismo y, curiosamente, su esplendor y caída desplegó la misma parábola en el almanaque: levantó sus brazos en 1945 y lo bajó, vencidos, en 1956. Había sido el preferido de Perón mientras brillaba. Aficionado al boxeo, el Presidente apoyó el viaje de Gatica a Estados Unidos para buscar una pelea con el campeón de los livianos. En cuatro rounds venció a Terence Young y esta victoria le abrió las puertas a la pelea con Ike Williams, dueño de la corona mundial, en 1951. Medio país estuvo pendiente de la suerte del Mono que iba a batirse en el Madison Square Garden de Nueva York. Subió a la lona sobrador, fanfarrón. Cuando empezó el combate bajó las manos y puso la cara, como lo haría luego Nicolino Locche. Pero Gatica no sabía de esas sutilezas. Bastaron tres golpes de Williams y a los tres minutos de pelea el Mono se derrumbó. Desde entonces perdió los favores oficiales y dejó de ser el hombre que se fotografiaba junto a Perón. Entre 1952 y 1953 ganó trece combates luego de ser vencido por Luis Federico Thompson, pero la última derrota ante Prada lo puso en la pendiente definitiva; casualmente, esa derrota sucedió un 16 de setiembre, dos años antes del día que estalló el pronunciamiento militar contra el peronismo.

    No sólo Prada usó al Mono para exaltar la beneficencia. Martín Karadagián, un empresario del espectáculo que había montado una troupe de luchadores, lo llevó a parodiar una final. También allí tenía que perder. En “sensacional encuentro” Karadagián, dueño del poder, benefactor de hospitales, lo sometió por unos pocos pesos.

    La última derrota ocurrió el 10 de noviembre de 1963, bajo las ruedas de aquel colectivo. Había terminado su vida en una parábola perfecta de humillación; “una bala perdida”, como solía decir él.

    No tuvo amigos. Apenas dos o tres compañeros de aventuras en los momentos en que regalaba su pequeña fortuna. Contestaba con monosílabos, recuerdan algunos, para escapar de los adulones y los ambiciosos; otros dicen que no hablaba para ocultar su escasa educación. Tirado en la calle Herrera, de Avellaneda, manchado de sangre, con los ojos abiertos puestos en otro vendedor de muñecos, repitió: “No me dejés solo, hermano; levantáme, no quiero morir tirado”.

    Cuando falleció, La Prensa dijo: “La popularidad que adquirió Gatica por sus éxitos y por su característico estilo de infatigable peleador, fue utilizada por el régimen de la dictadura, que lo adoptó como en el caso de otros campeones deportivos como instrumento de propaganda. Y esta publicidad extradeportiva y el aplauso obsecuente de personajes encumbrados no fueron ajenos por cierto a que él cayera en actos de inconducta dentro y fuera del ring”. Fue un recuerdo político, cargado de desprecio. Al comentarista, como a tantos otros hombres de traje gris, le hubiera gustado ver a Gatica domado. Pero no; aún muerto sería molesto: nunca llegó tanta gente a la Federación Argentina de Box como para su velatorio. Hombres y mujeres hicieron una colecta y compraron una corona que decía: “El pueblo a su ídolo”. El féretro tardó siete horas en llegar al cementerio de Avellaneda. Cuando la última palada de tierra cubrió el modesto cajón, los cronistas anotaron esta frase de Jesús Gatica: “La única miseria que vivió mi hermano fue consecuencia de su desesperado afán de querer vivir la vida”.

    Gatica es, todavía, un símbolo contradictorio, arbitrario; le ocurrió como le ocurre casi siempre a aquellos que de la nada y sin escaleras logran subir muy alto. A aquellos, a la vida se la quitan poco a poco y  con un odio que conviene no olvidar.

 

San Martín y estos tiempos

En el mes de San Martín nos debemos una reflexión acerca de su figura. Preguntarnos sobre cómo podría haber imaginado este tiempo este hombre de un pensamiento tan lúcido y de una claridad política tan significativa. Aquel San Martín que tuvo la visión de querer conformar un concepto de patria y libertad en un tiempo donde este país y los países que conforman la patria grande de Latinoamérica estaban en un incipiente nacimiento y con las mismas limitaciones que hoy. Digo las mismas, si coincidimos con el criterio que hemos escuchado por estos días de boca de algún observador que entiende que “una de las problemáticas modernas de los Argentinos de estos tiempos pasa por no tener en claro el concepto de patria y parece ser que los argentinos conformamos un montón de personas, que ocupamos una misma geografía, pero con objetivos individuales totalmente distintos entre sí.” A pesar de esto, como mirada optimista y objetiva no podemos negar que, en los últimos años, soplan otros vientos y una realidad política diferente más cercana al pensamiento Sanmartiniano se cierne sobre la mayoría de los países que conforman la América del Sur, dicho esto, más allá de algunas disquisiciones.
Traemos a colación aquella anécdota, que contó el propio Juan Bautista Alberdi acerca de San Martín donde este sostenía la importancia de instaurar un gobierno monárquico con un rey aborigen y que como respuesta Rivadavia le tiró con una botella: “En el año 1812 –dice Alberdi-, en una reunión de patriotas, en la que San Martín, recién llegado al país, expresó su idea en favor de la monarquía, como la forma conveniente al nuevo gobierno patrio, Rivadavia hubo de arrojarle una botella a la cara, por el sacrilegio.
-¿Con qué objeto viene usted, entonces, a la república?, le preguntó a San Martín. -Con el de trabajar por la independencia de mi país natal, le contestó, que en cuanto a la forma de su gobierno, él se dará la que quiera en uso de esa misma independencia.

La independencia era para San Martín el objetivo prioritario. El tiempo demostrará que su pensamiento no variará ni en un ápice: no descansará hasta obtener la declaración del 9 de julio de 1816; tras Chacabuco, insistirá ante O’Higgins para que ratifique la de Chile y se encargará de realizarlo personalmente respecto del Perú. Será consecuente con su pensamiento inicial: Con su natural perspicacia y su natural buen sentido, dice Mitre, había visto claramente que la revolución estaba tan mal organizada en lo militar como en lo político, que carecía de plan, de medios eficaces de acción y hasta de propósitos netamente formulados. Así es que, guardando una prudente reserva sobre los asuntos de gobierno, no excusaba expresarse con franqueza sobre aquel punto en las tertulias políticas de la época, diciendo: Hasta hoy, las Provincias Unidas han combatido por una causa que nadie conoce, sin bandera y sin principios declarados que expliquen el origen y tendencias de la insurrección: preciso es que nos llamemos independientes para que nos conozcan y respeten.”

Los hombreadores de bolsas

Por el año 1930 había en Mercedes muchos galpones donde se guardaba el cereal en bolsas de más o menos 50 kg. ya que por entonces no había silos. Los cereales se traían de los campos de la zona en grandes chatas. La tarea de carga y descarga contaba con la imprescindible labor de “los hombreadores de bolsas”. Estos trabajadores eran muy duchos y prácticos en este duro trabajo que sabían matizar con risueños dichos.
Mientras estos hombres rudos y fuertes trabajaban -por ejemplo- en los galpones de los hermanos Revora, unos en lo alto de la chata y los otros en la estiva, se escuchaban dichos como estos: “- Pare y largue como venga que soy marido ’e la renga –“,”- Venga de punta o de lado que soy macho ’e Bragado –“, “-Para mí la cola es pecho y el espinazo cadera largue como quiera”, “Largue suave y despacito como pa’ gorra a cuadrito- “.