Perdonen que les hable desde lo personal, pero no soy un dirigente que puede ponerse por encima de su propia historia y resumir la de los demás en forma neutral.
A veces se necesita llegar hasta el fondo de uno mismo para empezar a ver las cosas con claridad.
Pero no debemos desear ni pedir esto, pues para llegar al fondo debemos pasar por situaciones límites. La primera vez cuando –siendo militante político allá en los principios de los ´70 – me di cuenta, tardíamente, de los buenos amigos y compañeros que estábamos perdiendo. Ahí entendí, tantos errores cometidos y tanta buena gente que hoy necesitaríamos aquí, a nuestro lado.
Solía decirse, por aquellos años, que nadie era imprescindible. Que todos éramos reemplazables… que lo importante era el conjunto y no el individuo.
Luego, uno comprende, un poco tarde, que cada vida es un regalo maravilloso. Es una expresión irrepetible de la naturaleza, o de Dios, o de lo que cada uno crea que nos da origen y sustento.
Que cada vida es en sí misma el acabado perfecto de una obra de amor y del tiempo y conlleva en sí mismo una esperanza de un mundo mejor.
Cuándo palpamos las montañas infinitas de horas que nos lleva traer un niño a la adultez, un hijo a que sea padre o madre en su momento. Pasar de ser un desconocido para alguien a un amigo para toda la vida, valoramos cada día que podemos estar entre los demás y sobre este mundo y amamos apasionadamente la vida… todas las vidas.
En esos años, y en esas circunstancias, se hizo tarde para rescatar de la violencia y de la muerte a tantos muchachos y muchachas que nada pedían para sí y que todo ofrecían por los demás.
Parecía que una muerte gloriosa podría justificar perder una vida común, rutinaria. Se nos hizo tarde entender, repito y por supuesto imposible, volver el tiempo atrás.
La segunda vez fue en este último mes. De pronto se nos vinieron encima años inexplicables de indiferencia y de desatención de las cosas cotidianas. Nos golpeó brutalmente algo que en realidad nos esperábamos.
No es, cómo aquí bien se ha dicho, que fuera la primera muerte violenta, o injusta, o incomprensible. Todo lo contrario, veníamos sabiendo de accidentes que en realidad eran homicidios … jóvenes que iban a trabajar y que eran muertos por otros que se aburrían de una existencia demasiado fácil, demasiado generosa. O de agresiones que reemplazaban un buen momento de diversión, una buena compañía.
Todos supimos de esta nueva categoría de padres que por impericia, incapacidad o simplemente inconciencia no marcaron a sus hijos la escala de valores necesaria que debe explicar como convivir con una simple diferencia entre las personas para no transformarla en una enemistad a perseguir y a destruir.
Quizás tampoco se entendió a tiempo que la impunidad individual es sólo una salida, un escape… que no es igual que ser inocente.
No representa la paz de las víctimas, pero tampoco de los victimarios. La sombra de la gente dañada los acompañará irremediablemente para siempre.
Podrán no estar encerrados, pero nunca estarán libres.
La paz sólo se conquista con la justicia y el perdón. Pero el perdón se obtiene sólo cn el reconocimiento del mal cometido y del arrepentimiento.
La mayoría nos fuimos acostumbrando a este brutal paisaje urbano, y sólo encontramos como salida que cada vez nuestros hijos estuvieran más lejos los unos de los otros. Así, por ejemplo, les pusimos custodias y quintas separadas para que festejen un día que en nuestros años era una fiesta única, agrupada y feliz. No era la solución de fondo, pero no supimos encontrar otro camino.
Llenarlo de otros mensajes, darle otro contenido.
La muerte de José Darío nos despertó, brutalmente.
Un puñado de jóvenes nos devolvió a la realidad y a la esperanza.
Nos rescataron de nuestra soledad, de nuestra inercia, de esta peligrosa conformidad.
Mercedes no sólo se levantó contra la impunidad y la violencia … que ya es un logro más que destacable, lo hizo recuperando la palabra, la práctica democrática, las propuestas populares y consensuadas. Pero por sobre todas las cosas se le ha dado un alto contenido humano a su protesta.
Reprobamos toda forma de violencia y de intolerancia.
Por sobre todo rechazamos la violencia de los más adinerados sobre los más humildes, de los nucleados en bandas sobre los más débiles e indefensos.
Porque esto es particularmente odioso.
La muerte de José Darío nos llena de una profunda vergüenza.
Debiera, y está siendo, una bisagra.
Siento, y perdonen quizás que me impulse el optimismo, que se han logrado muchas cosas en estos treinta días.
Nos escuchamos, la población de la ciudad simpatiza con esta justa causa.
No es poca cosa.
Las autoridades han recibido el mensaje. Pero deben entender que esto no debe ser una reacción espasmódica o por un momento. Debe perdurar en el tiempo. Por dos motivos; para que sea efectiva y para que se haga una costumbre y una cultura.
Golpear a un indefenso está mal hoy y estará mal siempre.
Queda mucho por hacer y no se debe esperar a la reacción popular para cumplir con la ley y con las normas.
Los fines de semana las avenidas mercedinas se convierten en terreno de picadas.
¿Sólo lo vemos los vecinos? ¿O hay una extraña ceguera en las autoridades políticas y policiales?
¿Para cuándo cámaras de video en cantidad y calidad necesarias que ayudarán en el futuro a determinar quién comete una acción merecedora de punición? ¿Valen más que la vida de las personas?
Las empresas de la nocturnidad deben asumir que los jóvenes son ciudadanos en formación antes que clientes, son hijos antes que consumidores y deben regresar bien a sus casas porque ahí los espera su familia. Los notamos preocupados y eso está bien, pero deben dar más señales, algunas son demasiado obvias y fáciles de tomar. No se puede entender que sean más grandes los carteles de cervezas que los nombres de los propios boliches.
Tienen que terminar ya estas incoherencias. La sangre de un inocente así lo exige.
Los jóvenes pueden preguntarse porque las familias están tan preocupadas por el consumo de alcohol o las velocidades de motos y autos. Es que estos excesos se dan en un cuadro de violencia y de crisis de valores. En ese contexto, el alcohol y estar al mando de un vehículo ha acrecentado los peligros, los accidentes y las peleas.
Todos queremos volver a un Mercedes pacífico, dónde los pibes se diviertan y la pasen bien, pero hay que trabajar mucho. Y los jóvenes nos deben acompañar en esto.
La justicia deberá también aceptar que no sólo se trata de culpar o disculpar a eventuales sospechosos, aunque pretendemos, claro, que antes que nada encuentren y castiguen a los culpables.
También tienen ustedes, una responsabilidad educativa. Es ayudar a consolidar la idea de lo bueno y de lo malo, del respeto irrestricto a la vida y de la punición a los delitos.
Si ustedes borran, o peor, disimulan esta línea, transforman en oscura una frontera que es bien clara, será para todos los demás una tarea mucho más ardua, mucho más difícil.
Por supuesto que en el sistema de justicia incluimos a los abogados, que no deberían usar todos los artilugios legales para hacernos creer que lo que fue no fue o fue de otro modo.
Nos enseñaron que ustedes son auxiliares de la justicia, no imitadores del mago Houdini.
A los padres de los jóvenes sospechados y detenidos les pedimos que colaboren con la verdad. Será como decía la única, verdadera liberación que encontrarán y la única forma en reconocer sus propios errores, si estos ocurrieron.
Las escuelas también parecen haber escuchado los reclamos del pueblo.
Nos parecen alentadoras todas las iniciativas que se están emprendiendo.
Salvo para recuperar la vida de José Darío, no es tarde para volver sobre mejores pasos, pregonar la paz, la igualdad entre las personas y la amistad entre los alumnos.
Nelson Mandela tiene una frase que quisiera compartir con ustedes;
- § La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo.
Quisiera agregar con toda humildad al concepto de Mandela que la educación debiera ser nuestra única arma a esgrimir para cambiar el mundo.
Simplemente decirles a todos los colegios que reconocer errores u omisiones cometidos debiera ser, el primer gran acto educativo que se pueda cumplir.
La autocrítica es el más noble de los pasos, el impulso que nos ayuda a dar todos los demás.
La humanidad ha gestado locos por el poder y la destrucción pero también nos ha dado a líderes que nos mantienen en el sendero de lo justo y de lo pacífico.
Volver a la bondad del cristianismo, a los aportes pacifistas de tantos líderes y sabios, en todas las religiones y en todos los credos, es un buen rumbo a tomar.
Está tomando cuerpo una organización popular en Mercedes que tendrá como principal misión mantener el fuego prendido, generar propuestas y no dejar de decirles a funcionarios y autoridades que deben seguir cumpliendo su deber.
Es una tarea ardua pero necesaria, para nada rutinaria. Y abierta a todas las personas de buena voluntad.
No podemos menos que pedirles a los adultos que sigan acompañando a estos jóvenes.
No sólo se lo merecen, sino que nos hará muy bien a nosotros.
Para nuestra generación, alguna vez fue tarde para evitar lo peor.
Sólo quedamos un puñado de raros transeúntes de la suerte o quizás porque no…. de los testimonios. Para decirles, una vez más que sentimos, entre todos, que esta vez no es demasiado tarde, que estamos a tiempo de evitar que se repita lo peor.
Para que no haya ningún otro 10 de cada mes que nos reúna para recordar la muerte sino –ojalá- para celebrar el triunfo de la vida.
Que así sea.
Oscar Dinova